EL MARTES 8 DE ABRIL, 2008, LA OFICINA DEL PNUD NICARAGUA EFECTUÓ UN SIMULACRO DE TERREMOTO EN MANAGUA, COMO PARTE DE LAS TAREAS DE PREPARACIÓN Y RESPUESTA ANTE CATÁSTROFES. WALTER LACAYO, ESPECIALISTA EN COMUNICACIONES, ESCRIBIÓ ESTA EXQUISITA CRÓNICA.
Por Walter Lacayo
Managua, 19 de mayo, 2008/ Todas las oficinas estaban vacías, caminé por los pasillos del edificio y no encontré ni un alma, sentí que el silencio rotundo comenzó a ser parte del sobrepeso de mi maletín en el que cargaba la cámara fotográfica, un par de lentes, una batería de repuesto, la grabadora digital, un radio Motorola y mi infaltable cuaderno de notas. No sé, pero algo me empujó acelerar el paso y dirigirme hacia la sala de conferencias del Representante Residente, ese día convertida en Sala de Situación, donde a esa hora ya estaba reunido el equipo de crisis del PNUD-Nicaragua.
El día había llegado. Durante varias semanas la Oficina trabajó intensamente con el Surge Managmment Team de New York en el simulacro de un terremoto de 7.3 en la escala de Richter que destruiría Managua, afectando a la mayoría del staff y sus familias, incluyéndome a mí, que soy el Especialista en Comunicaciones. La tarde anterior, el Representante Residente, Alfredo Missair me había avisado que yo estaría en la lista de desaparecidos. “Eso está muy bien porque podré observar el simulacro y escribir mi crónica sin contratiempos”, le dije, y él me respondió sonriente: “serás como un fantasma”.
Según el plan, la tierra temblaría con toda su fuerza el martes 8 de abril a las 6:45 de la mañana, hora en que medio millón de nicaragüenses circulan por las calles de Managua a pie, en autobuses, taxis o vehículos personales, apresurados hacia la escuela, universidades, fábricas, construcciones, y la hora en que miles de comerciantes de ciudades circundantes entran a la capital a vender alimentos a los mercados, frutos del campo, vestuario, calzado, productos manufacturados y todo tipo de baratijas.
Al entrar a la Sala de Situación mi reloj marcaba las 7:30 a.m. Desde el primer momento sentí la alta tensión a la que estaba sometido el equipo de crisis. Cinco minutos antes habían enviado a New York el primer reporte de situación (SitRep No. 1) y ahora el Representante Residente, en teleconferencia con sus principales, ampliaba con voz angustiada el drama humano que significa un terremoto, explicaba que aún era muy temprano conocer la magnitud de la destrucción e insistía en que no había energía eléctrica ni servicio de agua potable, que el edificio de las Naciones Unidas había sufrido daños parciales y que estaba funcionando el generador eléctrico de emergencia. Informaba que el jefe del Sistema Nacional de Prevención de Desastres (SINAPRED) le había comunicado que los daños eran incuantificables, que algunos hospitales habían colapsado, que la pista del aeropuerto internacional había quedado inhabilitada, que el tendido telefónico estaba en el suelo, pero que la telefonía celular y satelital estaba funcionando, con saturación, pero funcionando al fin.
Los rostros de aflicción del equipo de crisis eran evidentes. Claudio Tomasi, el Representante Residente Adjunto escribía en su laptop y siempre que era necesario levantaba su voz para complementar alguna información que pedían sus principales en New York. Pude reconocer la voz de Rebeca Grynspam, directora del Buró Regional del PNUD para América Latina y el Caribe, interesada en conocer sobre la salud y la integridad física del staff y sus familias, en hacer esfuerzos por evacuar a los heridos hacia hospitales fuera de Managua o hacia un país centroamericano. La sede estaba dispuesta hacer las coordinaciones con el PNUD Costa Rica para enviar un helicóptero y proceder a la evacuación médica. No pude distinguir una voz varonil que desde el parlante del teléfono insistía en hacer mayores esfuerzos por obtener una evaluación preliminar de daños, en ponerse en contacto con las autoridades de gobierno y en definir un plan de continuidad del trabajo de la oficina del PNUD-Nicaragua. Pregunté a uno de mis colegas quién demandaba tanta información en ese momento y me respondió al oído, como si fuese un secreto: “Es Ad Melkert”. ¿El administrador asociado del PNUD?, le pregunté, “él mismo”, me respondió.
Tomé mi cámara fotográfica y comencé a disparar, a capturar imágenes de ese simulacro que nunca me lo pareció, más bien quedé erizado cuando en una segunda teleconferencia, el Representante Residente pidió a New York el envío de un Especialista en Comunicaciones, “el nuestro está en la lista de los desaparecidos, no sabemos nada de él”, dijo mientras se secaba la frente por el calor. El aire-acondicionado estaba apagado, como lo sería en la realidad. Me senté, cerré fuertemente los ojos, los abrí, me apreté el pulso y pude sentir la irrigación. “No soy un fantasma”, me dije animado. El ejercicio me hizo recordar la vulnerabilidad de mi país ante los fenómenos telúricos, pensé que puedo morir de esa forma y que debemos tomar todas las medidas para evitarlo. En diciembre de 1972 Managua fue destruida por un terremoto en el que murieron cerca de 10 mil personas.
Miré a los lados y lo que vi fue a un equipo de colegas posesionados con el simulacro, dando lo mejor de sí mismos para responder con efectividad ante una catástrofe de esa magnitud. Salí de la sala, me dirigí a mi oficina, pero esta vez lo que sentí fue un intenso orgullo de trabajar en el PNUD Nicaragua.
NOTA: EL PERSONAL DEL PNUD PUEDE LEER ESTA CRÓNICA EN EL BULLETIN, EN INGLÉS CON EL TÍTULO “A ghost in the hallway of Nicaragua”, Y EN FRANCÉS “Un fantôme dans le couloir du Nicaragua:
http://content.undp.org/go/bulletin/features/la/20080422-walter-lacayo.en